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    01 August

    Adicciones y otras desventuras

    Hay adictos al juego, adictos al alcohol, adictos al tabaco y … adictos a las ventanas! Y no me refiero al clásico voayer en busca de escenas tórridas, sino al puro vicio de ventaneo.

     

    Todo empezó cuando me trasladé a vivir a mi casa. Era una noche saharaui típica del verano zaragozano. De esas noches que dejas abierto hasta el ascensor y el congelador buscando algo de corriente.

    En mitad de la oscuridad, de repente un resplandor iluminó el dormitorio como un campo de futbol. Os garantizo que semejante fogonazo tiene el mismo efecto despertador que una alarma nuclear. Primero pensé en una nave espacial, pilotada por unos alienígenas que venían a invadir mi nuevo hogar. Después pasé a la teoría de una banda organizada de ladrones que estaban accediendo por la terraza con unas linternas de la ostia. Salí corriendo hacia la galería para enfrentarme valerosa contra la banda de malhechores que trepaban por mi terraza (qué ilusa!). Al entrar al segundo dormitorio descubrí el pastel: desde una ventana del edificio de enfrente bajaban rápidamente la persiana tras una linterna del tamaño de un buzón de Correos. En aquel momento me sentí estafada; ni nave espacial, ni banda armada ni porras.

    Los vecinos que aquella noche no se habían despertado con el fogonazo de luz, lo hicieron seguro con mis improperios. Mi presentación al vecindario fue triunfal.

     

    Aquella noche no conseguí verle la cara al traidor, y dejándome llevar por los estereotipos pensé en un hombre cincuentón. Finalmente resultó ser una adolescente diabólica.

     

    De eso ya han pasado tres años, y mi vecina adicta al ventaneo forma parte de nuestra rutina. Observa cualquier tipo de movimiento a su alcance desde su ventana. Fijamente y sin parpadear. En algunas ocasiones da pasos sigilosos y lentos hacia atrás, quedándose en el fondo inmóvil, creyendo engañarnos con su ausencia, pero al fondo se sigue perfilando su silueta entre sombras.

     

    En beneficio de mi salud mental, este verano ha congeniado con otra niña del vecindario unas plantas más abajo. Se pasan mañana, tarde y noche hablando desde sus ventanas. Al menos ha perdido algo de interés en vigilar sigilosamente mis tareas domésticas.

     

    En estos momentos me está mirando por la ventana. Lleva más de media hora clavando su miranda en cómo aporreo este teclado. ¿Qué interés encontrará?

    Con gusto le haría ahora mismo una foto para ilustrar esta entrada de blog, pero sólo falta que después de aguantar a mi particular Damián durante los últimos tres años, me meta un puro la Agencia de Protección de Datos por colgar la foto de un menor en Internet sin consentimiento de sus padres.

     

    Hace unos pocos años mi madre, en uno de sus mil intentos por dejar de fumar, acudió a una psicoanalista especialista en el tema. La doctora se basaba en la teoría de que toda adicción se origina por un problema-causa. Si lograbas descubrir tu problema-causa y darle solución, automáticamente desaparece la adicción.

    Quizás el paquete de tabaco sobre la mesa del despacho de la doctora hizo que perdiera algo de credibilidad. En cualquier caso, no hace falta ser psicoanalista para llegar a la conclusión de que esta niña se aburre más que una momia.

    ¿Por qué no le comprarán una Wii como al resto de adolescentes de este país? Realmente, no hay vicio más barato que el del ventaneo. Conclusión: el problema-causa de la mini-terrorista es que sus padres son de la Cofradía de la Virgen del Puño.

     

    Posdata: Finalmente mi madre consiguió dejar de fumar. Ahora es adicta a los chicles de nicotina.

     

    Y tú, ¿a qué eres adict@?